RELATO| Sin etiquetas

Pasar el verano en un pueblito alejado del centro, donde lo más emocionante podía ser la feria a finales de agosto, hacía que cualquier acontecimiento fuera de lo más novedoso. Por eso, cuando al principio de las vacaciones llegó una familia nueva, Pablo no podía despegar la vista del camión de mudanzas situado justo frente a su casa.

Pablo era un niño inquieto y muy curioso, lo normal cuando se tiene 7 años. Adoraba la pizza, la playa y a su abuela, pero por encima de todo, amaba su monopatín. Era su compañero de viaje, siempre bajo el brazo o los pies. No tenía ni idea de que ese verano se le sumaría otro compañero.

Del camión con el eslogan “Seguro a su destino”, no paraban de salir cajas y muebles. Qué cantidad de cosas aburridas: un sofá feo; unas estanterías; muchas cajas que rezaban “cuidado: frágil” … Era una falsa alarma, allí no había nada interesante, o eso pensó justo un segundo antes de entrar en casa. Estaba en la segunda planta cuando lo vió, pegado a la ventana de la que sería su nueva habitación. No pudo evitar que la emoción recorriera todo su cuerpo hasta llegar a su cara y convertirse en una amplia sonrisa: era un niño de su misma edad.

¿No entiende el por qué de la emoción? ¿Acaso no te acuerdas de cuando tenías 7 años? Cualquier niño nuevo significaba tener un amigo más y, créeme, en un pueblo dónde todos te superan en edad, mientras que el resto de los niños se encuentran en campamentos o viajes a Disneyland, la emoción se intensifica. Así que, no se lo pensó dos veces antes de saludar efusivamente con el brazo en alto y agitando la mano de un lado a otro como un loco. Lástima que el saludo no fuese recíproco…

A la hora de la cena siempre se escuchaban las novedades del día: mamá contaba alguna anécdota graciosa con algún cliente en el trabajo; la abuela hablaba sobre los cotilleos que le había contado Doña Eulalia, una señora que vivía cuatro casas más allá; y Pablo… Bueno, esa noche no decía palabra, así que algo iba mal.

– Cariño, estás muy callado, ¿algo no va bien? – las madres y su sexto sentido.

– No quiere ser mi amigo, mamá – decía con la cabeza apoyada sobre una de sus manos en la mesa, mientras le daba vueltas a la sopa con la otra.

– ¿Quién? -su madre no entendía nada, se había perdido algo.

– El niño nuevo, ¡hoy le he saludado y me ha ignorado!

– ¡Ah sí! – ya caía – La familia nueva, ¿no? Bueno, pero igual no te ha visto, cielo. Ve mañana e invítale a jugar, ¡aún es pronto para rendirse!

Mamá tenía razón, siempre la tiene, pensó. Mañana iría, se presentaría y se harían amigos. Con este pensamiento Pablo terminó su cena, recogió el plato y se dirigía a su habitación cuando acertó a oír los murmullos que la abuela le decía a su madre:

-No sé yo si es bueno que vaya mañana, Marga…

Sin embargo, no hizo más acaso a lo que decían, cosas de mayores sin importancia.

El día siguiente fue de lo más divertido, Pablo y su nuevo amigo, Alejandro viajaron al viejo oeste, descubrieron hormigas gigantes y fueron futbolistas profesionales. Al final solo resultaba que Ale era un poco tímido, los demás no solían tratarle bien, decía, y Pablo no entendía por qué. ¡Con lo divertido que era!

Al llegar a casa emocionado, al contrario que el día anterior, no paraba de hablar. Su madre lo escuchaba atenta con gesto de ternura, hasta que lo interrumpió:

– ¿Sabes que Alejandro es “especial”, verdad cariño? – preguntaba su madre con tono de preocupación.

Y Pablo, sin apenas entender por qué ese tono contestaba:

-¡Ya lo creo, porque ahora es mi amigo!

La familia de Alejandro se había mudado en busca de un ambiente nuevo y tranquilo. En su antiguo pueblo el resto lo despreciaba por ser “diferente”. Alejandro tiene síndrome de Down.

Los niños muchas veces nos dan lecciones, donde nosotros ponemos y les enseñamos etiquetas como “diferente”, “especial” o “discapacitado”, ellos solo ven uno más con el que jugar. Deberíamos prestarles más atención, pueden enseñarnos a convivir mejor.

 

ENSEÑAR A CONVIVIR 2018 Mención Especial
“Sin etiquetas”
María León Bautista

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