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Pedagogía del afecto y la comunicación

En términos pedagógicos, en el campo educativo, hace años que recurrimos los profesionales a hablar de los buenos resultados, que bien administrada, daría para educador@s o profesionales que trabajen en la atención de cualquier usuario de un Servicio Educativo o a la Comunidad, en el que se deba introducir un proceso de aprendizaje, el uso de la pedagogía del afecto. Pero, ¿qué queremos decir cuando usamos este término? Pues vendría a significar la enseñanza o aprendizaje, dependiendo desde el punto de vista que lo miremos, educador/a o educando, cuya herramienta de base es la muestra de afectividad hacia dicho usuario por parte del profesional que fuere en cada caso y conseguir crear un vínculo afectivo en el que se tiene que dar la reciprocidad, es decir, hay que conseguir que el educando llegue a sentir y mostrar afecto hacia su educador/a.

     Cuando se crean lazos o vínculos afectivos entre dos personas, se abre una vía de facilitación para conseguir que nuestros objetivos como educador@s, tengan buenos resultados, ya que las emociones que nuestros educandos puedan sentir hacia nosotr@s, le condicionarán favorablemente para confiar y abrirse a nuestras enseñanzas.

     No obstante, ésta es, en muchos casos tarea difícil, pero debemos perseverar en mostrar afectividad de forma sincera y creíble. Esto no significa que con esta herramienta los usuari@s que tratemos en nuestro trabajo diario siempre vayan a estar dispuest@s a escucharnos o seguir nuestras orientaciones, enseñanzas o indicaciones directas, que, en ocasiones haya que darles…No, no es a veces tan fácil y no sirve en numerosas ocasiones, por no decir, en casi todas,  como única herramienta,  pero de esto os hablaré en otra oportunidad más adelante.

     Sin embargo, si es necesario aclarar una cuestión importante, a tener en cuenta a la hora de aplicar el afecto como herramienta pedagógica y ésta es la forma de hacerlo, el lenguaje, canal de comunicación y contexto que utilicemos, para ir ganando la confianza, posteriormente credibilidad y, posteriormente, nuestra meta: el acercamiento  que traiga consigo el afecto recíproco.

     Nos podemos encontrar con profesionales de la Educación o del cualquier Servicio a la Comunidad que traten a usuarios de distintas edades, problemáticas, distintos niveles cognitivos o emocionales,… y llegar a descubrirlos parcialmente, pero nuestro empeño debe ser llegar a conocer esas características casi en su totalidad y ¿por qué digo esto? La respuesta es bien sencilla, tenemos, no ya sólo que intentar empatizar (hacer todo lo posible por ponernos en el lugar de la otra persona en toda la dimensión del concepto), sino adentrarnos en sus coordenadas de pensamiento y actuación y, sobre todo, en su manera de comunicar, entendiendo por este término, que conozcamos como realiza el proceso comunicativo, es decir, como actúa ante el emisor, como se activa como  receptor y cuál es el canal y contexto de comunicación más habitual en él o ella o en el que se siente más cómodo/a, hasta el punto en que el profesional debe compartir y conocer cada uno de esos elementos de la comunicación. De nada servirá en muchas ocasiones nuestra intervención educativa, si en el acto de comunicación no intentamos llegar a este punto. No obstante, si lo conseguimos, la comunicación será real y efectiva.

     En este sentido, nos podría ilustrar la siguiente situación observada en un Centro de Menores, donde un educador intenta convencer o enseñar sobre una cuestión determinada a un adolescente que se caracteriza por unas conductas disruptivas importantes:

   “Un educador quería hablar de la necesidad  a un alumno de esforzarse más en los deberes escolares y en el estudio y para esta intervención elige un despacho, sentados uno enfrente del otro, le explica amablemente el motivo por el que lo ha convocado allí y le reprocha su nivel de implicación y resultados académicos de la última etapa. Seguidamente, le hace saber las consecuencias negativas que le podría acarrear su actitud. El alumno, por su parte, se limita a estar allí, pero no escucha, en el significado completo de éste término, y cuando dice algo, su actitud y lenguaje es rebelde y provocador, llegándose a entablar una discusión entre ambos  que desemboca con la imposición de un castigo a dicho adolescente, por la manera de dirigirse al educador. El chico cumple su sanción, pero, mientras tanto, insulta y maldice al profesional y al conjunto del Centro.”

     En este caso, se puede observar con claridad que el educador no utiliza correctamente el contexto de abordaje, ni el canal de comunicación adecuado y no sólo no obtiene reacciones positivas al tema que quería abordar, sino que provoca un conflicto añadido.

     Si, previamente, se hubiese puesto el empeño en conocer la mejor vía de comunicación con el adolescente, para que éste oyera el mensaje y después intentara ponerlo en práctica, quizás los resultados hubieran sido otros. Retrocedamos, por tanto, en esta situación y veamos otro abordaje de la misma:

“El educador se acerca al chico que es muy aficionado a jugar al futbolín y le anima a jugar una partida, pasan un rato divertido y ameno y en ese contexto agradable para el receptor, el educador introduce el tema de los estudios, pero sin dejar de jugar y no haciendo de la cuestión el eje principal de su interacción, sino que el eje central siga siendo el juego. Finalizan la partida en la que el chico gana, aunque el educador lo hiciese a propósito y  sale con él de la sala con el brazo echado por encima, nunca enfrente, sino al lado y con contacto físico y continúa abordando el tema académico, sin reproches, haciéndole ver que quizás el problema no es desinterés, es  más, el educador se lo llega a asegurar, y le insiste hasta convencerle de que lo cree así porque le ve muchas capacidades. Mientras se produce esta intervención, introduce el educador interrupciones con comentarios sobre la partida de futbolín y de una posible revancha, alguna broma,….y en un momento determinado cuando le tiene el brazo sobre el hombro y caminan juntos, le saca un compromiso: va a intentar esforzarse un poco más en el estudio. Termina la intervención pidiéndole que selle su pacto con un abrazo, el chico así lo hace. Tras este abrazo, el educador cambia radicalmente de tema de conversación y saca a relucir otro que sepa que también pueda ser de interés del menor…”.

      En este caso, el contexto de la comunicación ha sido adecuado, así como el lenguaje y canal de comunicación utilizados y, el afecto, usado pedagógicamente, han hecho posible una reacción positiva del adolescente y el objetivo del educador por el momento se ha visto cumplido.

     En definitiva, la pedagogía del afecto como herramienta educativa se hace  más efectiva si, además establecemos la comunicación adecuada, en consideración de las características del usuario con el que realizamos la intervención y conseguiremos de esta forma ser más eficaces.

Luis Gonzaga Martín Velasco
Educador Social, Presidente del Grupo EZER y Gerente del C.E.S. D. Manuel Segura Morales.

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