Actitud o Aptitud

En una entrevista realizada al  padre de las inteligencias múltiples Howard Gardner,  este sentenciaba una frase que a nadie puede dejar indiferente: “una mala persona nunca llega a ser un buen profesional”. El sentido ético de esta reflexión recoge como ninguna otra la necesaria unión de “buena” actitud y “buena” aptitud que un profesional debe reunir si se quiere dedicar al campo de la intervención social.

Nos movemos en un territorio en el que el compromiso y la buena fe son fundamentales, pero que no bastan por sí solos si realmente queremos ayudar a otras personas. En demasiadas ocasiones estas dos únicas formas de actuar con los demás llevan a cometer errores y a dar el pescado en lugar de enseñar a manejar la caña. La red de voluntarismo es totalmente necesaria. Pero para dotarla de cohesión y fundamento son necesarios profesionales bien preparados. Profesionales motivados que adquieran los conocimientos teóricos y técnicos; pero que también se empapen de experiencias prácticas y conozcan de primera mano el día de profesionales que ya desarrollan su labor de este ámbito. Interiorizar compromisos de vida que se apoyan en lo “social” asientan los  valores y aspiraciones de quién está abierto a aprender.

Formarse en este sector pasa obligatoriamente por tener una verdadera vocación por el trabajo. El contribuir a que personas con problemáticas sociales, personales o físicas logren superar totalmente o en parte sus dificultades, retroalimenta constantemente al profesional y le hace ver como su dedicación carga de sentido a su vida y a sus circunstancias.

Un experimento realizado por el departamento del propio Gardner en la Universidad de Hardvard descubría que quienes no habían estudiado humanidades o ciencias sociales, al llegar a los 40 o 50 años eran más propensos a crisis o depresiones. El  experimento concluía que los estudios más técnicos o las ingenierías dan una sensación de control sobre tu vida que en el fondo es irreal al centrarse solo en lo que tiene solución. Al llegar a la madurez se descubre la imposibilidad de controlarlo todo y esta desorientación pasa factura.

Esta actitud ante la vida y ante el trabajo conlleva, como estamos defendiendo desde el principio, una aptitud que llegue a ser excelente. Las buenas personas suelen llegar a ser profesionales excelentes, comprometidos y éticos. Hay estudiantes que estudian por inercia, que después trabajan por inercia, cumplen lo mínimo en clase para obtener el título y  años después en su trabajo cumplen lo justo para obtener su sueldo. Así acaban siendo personas mediocres ya que no se interesan realmente por aprender ni comprometerse. Vivimos en una sociedad en que la que la formación enfocada a adultos tiende a apartar la ética. La competencia imperante en el mercado laboral conduce en numerosas ocasiones a quienes se están  formando a que  vivan la ética como una actitud a desarrollar una vez que se tenga una estabilidad laboral; y vemos en muchos ejemplos como en  este periodo de preparación para la vida se llega incluso a  pasar por encima de los demás para llegar a la meta.

Una buena formación en este sector, y una actitud que acabe siendo la base de futuros profesionales excelentes se debe de  apoyar en la ética y en el compromiso, se fundamenta en poner las cartas sobre la mesa; en demostrar que no tenemos miedo a que los demás nos juzguen o valoren porque en un futuro no muy lejano es lo que vamos a necesitar para que las personas a las que queremos ayudar se abran a nosotros. Interiorizar el uso del efecto camaleón debe ser un entrenamiento a realizar desde la propia formación. O lo que es lo mismo, que la misma comodidad y trasparencia con la que el profesional habla sea adoptada por el otro y la comunicación fluya.

Esta necesaria aptitud excelente requiere aprender a organizar, aprender a trabajar en equipos multidisciplinares con los que focalizar las intervenciones, aprender a tener una estabilidad emocional en el trabajo, aprender a ser realista con los objetivos que se plantean, adquirir plenamente el sentido de la responsabilidad ya que va a ser unos de los conceptos a los que más se tenga que recurrir. A esta “buena” aptitud de la que hablamos habría que añadir otras capacidades que durante la formación es necesario desarrollar como la iniciativa, el compromiso verdadero con la causa o la institución la creatividad para a la hora de plantear intervenciones o buscar soluciones…y un largo etcétera de capacidades y aprendizajes que unan actitud y aptitud ante la vida y ante el trabajo. En esencia podríamos resumirlo con una frase frecuentemente utilizada en la Fundación Emet Arco Iris: “dedicar nuestra vida a que otros puedan tener una VIDA”.

Luis María Sendra Arellano
Licenciado en Humanidades y Diplomado en Educación Social
Profesor del CES D. Manuel Segura Morales

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